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España afronta una economía de guerra fuera de los focos

La economía está resguardada de los grandes impactos directos por el conflicto en Ucrania, pero la inflación se erige ya como la gran amenaza

Cadena de montaje de automóviles de la fábrica de Seat en Martorell. ALBERT GEA (REUTERS)

Todas las crisis buscan las venas del organismo por las que expandirse. Todavía hoy España intenta cerrar las cicatrices que dejaron la pandemia, que rompió las cadenas de suministro y hundió el turismo, y la Gran Recesión, que contaminó la economía desde las terminales financieras e inmobiliarias. El tercer golpe en poco más de una década llega desde Moscú y circula ya por Europa. Transita a través de la expuesta banca austriaca o italiana, las balanzas comerciales de los países bálticos o la elevada dependencia de Alemania o Finlandia respecto al gas ruso, cuyo precio se ha disparado. Las primeras proyecciones indican que el impacto directo de este golpe en España será mucho más reducido que en otras ocasiones. Eso no significa salir indemne. Los economistas consultados coinciden en que la economía crecerá menos y acusará una galopante inflación que ya alcanza el 7,6%.

 

España fue una de las grandes víctimas que se cobró la crisis financiera de 2008. Aquel crac se saldó con la petición de un rescate para la banca que ha costado más de 42.000 millones al erario público. La depresión derivada de la pandemia también se cebó con la economía española, que batalló en Bruselas para el despliegue de varios paquetes de ayuda financiados con deuda europea. El tercer desafío llega cuando España no ha podido recuperar aún el producto interior bruto (PIB) de 2019 tras el derrumbe del 10,8% provocado por la crisis del coronavirus. Y, por ahora —y con toda la cautela que impone el análisis de los efectos de hechos muy recientes y de incierto desenlace—, lo afronta lejos de los focos. “España es de los países menos expuestos al conflicto tanto desde el punto de vista comercial como de la dependencia energética”, sostuvo recientemente la vicepresidenta primera del Gobierno, Nadia Calviño.

Los servicios de estudios, públicos y privados, esbozan nuevas proyecciones que incorporen los efectos siempre inciertos de una guerra. Todos los informes son preliminares y cambian con cada nueva ofensiva de Putin y cada nueva tanda de sanciones de Washington, Bruselas o Londres. Los primeros cálculos de Bruselas indican que, por ahora, el conflicto restará hasta un punto porcentual al crecimiento esperado para este año. Algo parecido se estima en España. “Estamos en una mejor posición en cuanto a exposición directa, pero la indirecta hace que al final las consecuencias sean similares que en el resto de Europa. La experiencia nos dice que un punto de crecimiento para la UE es un punto también para España”, sostiene Rafael Doménech, responsable de Análisis Económico de BBVA Research. También CaixaBank apuntaba esta semana a una rebaja de un punto. En cualquier caso, eso supondría una expansión económica aún del 4%. “Nosotros tenemos un crecimiento por encima del potencial. Es muy importante recordarlo, porque no estamos en estanflación. Por eso, yo no haría una política fiscal expansiva”, recuerda Alicia García-Herrero, de Natixis.

El progresivo corte de las relaciones económicas entre la UE y Rusia tendrá un coste para ambos lados. El de Moscú es enorme: la presidenta del Fondo Monetario Internacional (FMI), Kristalina Georgieva, sugirió que está al borde de la “bancarrota”. El de la UE se vislumbra sobre todo en cinco ámbitos que resume el exsecretario del Tesoro italiano y profesor de la London School of Economics, Lorenzo Codogno: los vínculos financieros, las relaciones comerciales, el suministro y los precios de la energía, la confianza y los cientos de miles de ciudadanos de Ucrania que escapan de la guerra. La banca es, de hecho, un potente canal de circulación del golpe después de las sanciones impuestas al entorno de Putin y al sistema financiero ruso. Según el Banco de Pagos Internacionales (BIS, por sus siglas en inglés), la exposición de la banca mundial a Rusia es de 121.479 millones de dólares (110.000 millones de euros). El 56% está en el balance de las entidades financieras de tres países: Italia (25.310 millones), Francia (25.156) y Austria (17.511). La exposición de España es reducida, de 812 millones de dólares.

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La inflación y las cuentas públicas

También los lazos comerciales entre los dos países son muy débiles. Un informe elaborado por Nils Redeker, investigador del Jacques Delors Centre, sitúa a España en la cola de la UE como socio comercial de Moscú, que apenas supone el 0,7% de sus exportaciones. Y si bien Europa tiembla ante la posibilidad de que Putin decida cortar el suministro energético, España no tiene una elevada dependencia: importa de Rusia el 10,4% del gas y el 5,6% del petróleo. “En España se depende mucho menos del gas ruso y, por tanto, al menos, no hay riesgo de racionamiento”, coincide Codogno. “No será de los países que sufrirá más. En ámbitos como el turismo o el sector inmobiliario, España podría recoger flujos de turistas que quieran ir a destinos seguros. El problema vendrá si el Banco Central Europeo necesita subir los tipos de interés y el panorama fiscal cambia”, apunta Xavier Vives, profesor de Iese y exasesor en la Comisión Europea.

Ahora bien, España no saldrá indemne del golpe de la guerra. Su dependencia energética respecto a Rusia es baja, pero el mercado es global. Si a eso se une el sistema marginalista de fijación de precios de la electricidad, la tormenta es perfecta. Los primeros golpes han llegado ya. La elevada factura de la luz y el combustible asfixian al sector pesquero gallego, las siderúrgicas vascas o los camioneros de toda España. “España no está entre los que sufren los principales impactos, pero las preocupaciones vienen del coste de la energía y la inflación”, señala Redeker. “En el caso de España, el canal de transmisión es el de los precios. Nuestra inflación es más volátil por el sistema de tarifas de la electricidad y tradicionalmente la subida de las materias primas nos impacta más”, asevera Ángel Talavera, de Oxford Economics. Pedro Aznar, profesor de Esade, destaca también que la inflación —que cerró febrero en el 7,6%— se erige como la principal amenaza para el país. “Vamos a tener datos muy negativos de inflación, que estará históricamente muy elevada”, apunta Aznar, que no descarta ver controles de precios en esta crisis.

España pelea en Bruselas la reforma del actual sistema de fijación de precios en el mercado mayorista de electricidad. Si no lo logra, el Gobierno ha advertido de que actuará de forma unilateral. Es el arma con la que, por ahora, quiere amortiguar el golpe. Sus otras dos grandes bazas son los fondos europeos, que le permitirán mantener la inversión pública, y la figura de los ERTE, con los que ya protegió el empleo ante un shock externo. Pero también llega con vulnerabilidades que, recuerda Bruselas, la pandemia amplificó: un mercado laboral con la mayor tasa de paro de la UE y unas cuentas públicas con un elevado déficit y una abultada deuda. Paradójicamente, la inflación puede contribuir a aliviarla, pero que puede convertirse en un problema ante una eventual subida de tipos del Banco Central Europeo. Es por esto por lo que Codogno advierte que aunque “España se va a ver menos afectada por todos los golpes” habrá, sin embargo, “efectos indirectos de otros países. Y es probable que en la confianza y en el comercio sean igualmente graves”.

 

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